Leyendas de terror

leyendas mexicanas niño de la pelota

Leyenda del niño de la pelota

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Se cuenta que ubicado en Av. López Mateos del estado en Aguascalientes, México, hay un edificio de oficinas, donde habitualmente algunos empleados salen un poco más tarde de lo acostumbrado. En esa ocasión una chica había abordado el ascensor y un hombre apresurándose a poca distancia le pidió que esperara por él. Amablemente la chica se paró entre las puertas para evitar que estas se cerraran. El hombre abordó, y mientras se daban las buenas noches, notaron que el ascensor subía. El hecho les pareció un poco extraño, pues se suponía que estaba programado para no ir más allá de ese piso, pues el de arriba se encontraba clausurado y nadie trabajaba ahí. Sigue leyendo

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Leyenda de Herne, el cazador fantasma

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Existen en Inglaterra multitud de espíritus que deambulaban por los pasillos de los castillos más importantes, pero en este lugar no solo los inmuebles están embrujados, sino también sus arboledas. El bosque de Windsor es uno de ellos. Pues durante las heladas y oscuras horas de la madrugada, en medio del silencio y la espesa bruma, aparece un fantasma con cabeza de ciervo, montado en su caballo infernal. Sigue leyendo

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El ascensor

Raimundo era un hombre supersticioso que además tenía muchas fobias. Una de ellas era la de no soportar permanecer por mucho tiempo en espacios cerrados, ya sabes, lo que los médicos llaman claustrofobia.

Sin embargo, por lo menos una vez cada seis meses tenía que sobreponerse de alguna u otra forma, pues debía visitar a su dentista; el cual tenía su consultorio en el sexto piso de una torre médica. Sigue leyendo

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El parque embrujado

Una tarde regresaba a casa de la escuela. El cielo estaba nublado, lleno de nubes oscuras y no tardó prácticamente nada en oscurecer completamente. Desde pequeño había desarrollado un miedo terrible a la oscuridad, ya que por las noches mi madre me contaba repetidas veces la leyenda del perro con botas, un cuento de terror espeluznante que me ponía los pelos de punta.

En fin, pasé frente al parque municipal y se me ocurrió comprar un helado de crema en el kiosco. Don Gilberto, el heladero, me dio un cono de vainilla y proseguí mi camino normalmente. Sigue leyendo